
Este post debería haber estado en la sección leyendas de "Cosa de pueblo" si no fuera por la fotografía que vi en el facebook de Claudio Pagliano (
conciudadano y amigo). Al final y como esta documentado, la historia que oí durante mucho tiempo sobre el castillo que se había construido en un campo cercano a Huinca renancó, era cierta.
En definitiva, por más que uno haga las veces de "mal refutador", se encuentra con que los viejos no macaneaban tanto, y que solo daban su versión de los hechos. Tanta razón en esto tiene con su
frase Gabriel García Márquez y nunca mejor ejemplificado que en la película
"Big Fish" de Tim Burton.
Si bien no hay muchos datos precisos sobre la princesa y su castillo, encontré algo navegando por internet, que transcribo mas abajo. La fuente es de "Argentina Pueblo a Pueblo" de Clarín.com, escrita por
Rita Gerbaudo de Jovita.
La princesa rusa del castillo cordobésCuentan que, a fines del siglo XIX, una amazona hizo construir una fastuosa fortaleza. Años después no se la vio más, el edificio fue demolido y creció la leyenda.A fines del siglo XIX, cuando todavía se escuchaban los ecos del último malón, en el sur cordobés había un castillo que, según cuentan, fue construido a pedido de una princesa rusa. Numerosos testimonios y fotos, hoy color sepia, me permiten asegurar que existió. Lo que nunca se pudo descifrar fueron el origen y el motivo que llevaron a su edificación.
Estaba emplazado en el centro de una propiedad de mil hectáreas, en el hoy departamento General Roca, entre Huinca Renancó, Mattaldi y Jovita (ver En el sur...). Su estilo arquitectónico era similar al utilizado en la estepa rusa. Tenía dos pisos con habitaciones y un subsuelo para cocinas, despensas y cuartos de la servidumbre. En las orgullosas torres almenadas de los cuatro ángulos estaban los baños. El edificio tenía grifería con incrustaciones en oro y paredes cubiertas con mayólicas europeas. Las alturas se salvaban con escaleras de madera de roble.
Sus parques y jardines —lo último que quedó en pie— estaban diseñados con caminos convergentes, todos rodeados de plantaciones de lilas, de las que hoy se conservan retoños en algunos hogares de la región. Los memoriosos recuerdan (aquí, quizás entra en juego la imaginación) a una elegante y pequeña amazona rubia, seria, callada, que iba a Mattaldi a hacer las compras, siempre montada en un caballo negro. Vivía con un tío —otros creen que era el esposo—, un hombre mayor que la acompañaba a recorrer el campo. Este era más conversador y usaba siempre el mismo saco marrón a cuadritos, con breechs y botas. Su apellido, de origen ruso, era algo así como Minstersky o Minchevski. Como no entablaron relación de amistad con sus vecinos, la historia se fue armando sobre la base de suposiciones que incitaron a las más variadas interpretaciones. Hasta se llegó a arriesgar que podía tratarse de la princesa Anastasia (ver Anastasia...).
Por problemas de salud, de añoranzas o económicos (los últimos serían los más probables: todos concuerdan que por falta de dinero no se terminó la construcción), en las primeras décadas del siglo XX desaparecieron de la zona los habitantes del castillo.
Entonces el castillo se convirtió en refugio de crotos y linyeras, que, sumados a desaprensivos, apuraron su desmantelamiento y destrucción. Algunos de sus eventuales moradores cuentan que en ocasiones, en la quietud de la noche, se escuchaba el lamento de una mujer.
Hacia la década de 1950, una entidad bancaria ejecutó la garantía por un crédito pedido para el emprendimiento, y subdividió y remató el campo. El lugar donde estaba el castillo, en el centro de la propiedad, fue designado, con total ligereza y desinterés, como espacio para calles, con lo que se decretó su desaparición.
Así finalizó la historia del castillo de la princesa rusa. Se cuenta que ella terminó sus días en un hospital de caridad en Buenos Aires. Las fotos, los recuerdos de los pocos que aún viven y los retoños de lilas dan fe de su temporal existencia. De una realidad que no es sólo leyenda.
Gerar.
Fuente:
Clarin.com